Por: Jorge Suárez-Vélez
La calificadora Standard & Poor’s cambió a negativa su perspectiva sobre la economía de México, sin degradar aún la calificación de nuestra deuda soberana. Señalan preocupación por el enorme desperdicio por subsidios a Pemex y a la CFE. Éstos drenan importantes recursos fiscales que México podría invertir en educación o en infraestructura que detonaría inversión privada y el crecimiento que tanto necesitamos. Es importante poner en un contexto global este desperdicio de recursos.
La colosal disrupción global que traerá la Inteligencia Artificial señala el inicio de un ciclo de inversión que podría ascender a 20 billones (“trillion”) de dólares en las próximas décadas, principalmente para el desarrollo de centros de procesamiento de datos. La infraestructura física para soportar el nuevo sistema digital se traducirá en astronómica demanda por energía y materias primas (cobre, uranio, gas natural, litio, estaño, etc.) pero, sobre todo, de dinero.
Por primera vez desde 2007, Estados Unidos vendió bonos de 30 años a una tasa superior a 5%. La tasa de hipotecas a 30 años llegó a 6.36%, lo cual afectará a la demanda por inmuebles. Lo mismo ocurre en otros países. Los bancos centrales de la Unión Europea, del Reino Unido, Japón, Australia, Noruega y Brasil elevan sus tasas de referencia. Empieza a ser claro que el mundo requiere de una política monetaria más restrictiva ante un sobrecalentamiento inminente. La presión inflacionaria que proviene del conflicto en Irán acelera este proceso.
En 2022, el barril de crudo llegó a 129 dólares. Por la invasión rusa a Ucrania, la oferta global de petróleo se redujo en los 3 millones de barriles diarios producidos en Rusia. El cierre del Estrecho de Ormuz implica una reducción neta de 13 millones de barriles diarios (18 brutos menos cinco de producción nueva de distintas fuentes). El precio del barril de petróleo, en alrededor de 110 dólares, podría subir mucho, conforme sea evidente, primero, que no se puede paliar un problema de flujo sólo haciendo uso de acervos de reservas; segundo, que aunque se lograra mañana un acuerdo para abrir el Estrecho (y no parecemos estar remotamente cerca de éste), tomaría quizá hasta fin de año normalizar la oferta de hidrocarburos.
Habrá demanda sin precedente por dinero. Además de los recursos para desarrollar centros de datos, el mundo industrializado -y países como México con déficits fiscales al alza- tendrán que financiar el creciente costo de la enorme deuda que, en parte, proviene de la pandemia. EU requiere de 1.2 billones de dólares al año sólo para pagar intereses sobre su abultada deuda. Además, vienen las mayores ofertas públicas iniciales de acciones en la historia. SpaceX podría salir al mercado con una valuación de alrededor de 1.5 billones de dólares, Open AI quizá un billón, Anthropic alrededor de 800 mil millones, y muchas más.
Este escenario presenta grandes retos -y también oportunidades- para México. El reto provendrá de cómo financiar una deuda creciente y cómo atraer inversionistas, cuando competimos contra proyectos que ofrecen rentabilidad extraordinaria. La oportunidad está en la posibilidad de volvernos grandes proveedores de esos proyectos que requerirán de acero, concreto y de un montón de suministros que podríamos ofrecer.
El gobierno de México ya tiene que entender que detonar inversión no pasa por juntas en el Museo de Antropología. Para destrabar nuestro peligroso estancamiento hacen falta tres cosas: quitarle toda restricción a la inversión privada en energía, invertir recursos públicos en infraestructura útil (no trenes, sino puertos, aeropuertos, carreteras, banda ancha, etc.), y proveer certeza jurídica. Sé que es más fácil decirlo que hacerlo, pero la consecuencia de mantenernos en este limbo de estancamiento será que, en no más de 24 meses, México perderá el grado de inversión y tendremos que salir a competir por recursos escasos en condiciones mortalmente desventajosas.
La economía mundial está despegando, nos toca decidir si nos subimos a ese cohete, o nos acomodamos en la mediocre comodidad de no intentarlo.