jueves 10 de septiembre de 2026
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Educar sin pantallas

La decisión que el gobierno de México pretende tomar este mes sobre restringir el uso de teléfonos celulares en las escuelas comenzó a generar una…

Por REDACCIÓN/EL VIGÍA Lecturas: 6

La decisión que el gobierno de México pretende tomar este mes sobre restringir el uso de teléfonos celulares en las escuelas comenzó a generar una de las discusiones más importantes en materia educativa de los últimos años.
Porque a diferencia de otros debates que suelen dividir a la opinión pública, en esta ocasión parece existir un consenso inusual, en el sentido de que la tecnología, utilizada sin límites ni supervisión afecta el aprendizaje, la convivencia y salud emocional de millones de estudiantes.
Durante mucho tiempo se asumió que incorporar dispositivos digitales al aula era sinónimo de modernidad y progreso; la pandemia reforzó esa percepción, pues las clases a distancia demostraron que la tecnología puede convertirse en una herramienta indispensable para garantizar el acceso a la educación.
Sin embargo, una vez superada la emergencia sanitaria que se prolongó dos años, también quedaron al descubierto los efectos negativos del uso excesivo de los teléfonos inteligentes y las redes sociales entre niñas, niños y adolescentes.
Y no se trata de satanizar la tecnología ni de regresar a modelos educativos ajenos a la realidad digital, dado que los teléfonos móviles son herramientas útiles para comunicarse, acceder a información y desarrollar habilidades tecnológicas que hoy resultan indispensables.
El problema surge cuando esos dispositivos dejan de ser instrumentos de aprendizaje para convertirse en permanentes distractores, capaces de fragmentar la atención, disminuir la capacidad de concentración y sustituir la convivencia cara a cara.
Las evidencias científicas presentadas durante los foros organizados por la Secretaría de Educación Pública resultan difíciles de ignorar.
Especialistas como Jonathan Haidt y Arturo Béjar coinciden en que las plataformas digitales no fueron diseñadas para educar, sino para retener la atención de los usuarios el mayor tiempo posible.
Algoritmos, desplazamiento infinito, reproducción automática y notificaciones permanentes forman parte de una arquitectura tecnológica cuyo objetivo es generar dependencia y mantener cautivos a millones de usuarios, especialmente a los más jóvenes.
Por ello, restringir el uso de celulares durante toda la jornada escolar parece una medida razonable, debido a que la escuela debe ser un espacio destinado prioritariamente al aprendizaje, intercambio de ideas, al juego, deporte y a la interacción social.
Pero si los estudiantes permanecen pendientes de una pantalla durante los recreos o los cambios de clase, difícilmente desarrollarán habilidades sociales fundamentales para su vida adulta.
No obstante, prohibir los teléfonos dentro de las escuelas no resolverá por sí solo un problema mucho más complejo, porque la verdadera responsabilidad comienza en el hogar, donde madres y padres deben establecer límites claros sobre el tiempo frente a las pantallas y supervisar el contenido al que acceden sus hijos.
Así que de poco servirá mantener alejados los celulares durante seis horas si el resto del día los menores permanecen conectados sin control alguno.
También será indispensable que cualquier restricción vaya acompañada de programas de alfabetización digital; los estudiantes necesitan aprender a utilizar la tecnología con criterio, identificar riesgos, proteger su privacidad y desarrollar hábitos saludables de consumo digital.
La eventual decisión del gobierno federal puede convertirse en un punto de partida para recuperar el equilibrio entre innovación y bienestar; por tanto, la escuela debe preparar a las nuevas generaciones para desenvolverse en un mundo digital, pero también protegerlas de los excesos de una industria que compite por capturar su atención desde edades cada vez más tempranas.
Encontrar ese equilibrio será uno de los mayores retos educativos de nuestra época en México y a nivel global.

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